Hay novelas que se leen con interés, otras que se leen con
placer y, muy de vez en cuando, aparecen libros que se leen con una mezcla de
inquietud, curiosidad y una especie de hambre narrativa que hace saltarte
cualquier dieta. La capitana pertenece claramente a este último grupo. Susana
Martín Gijón vuelve a demostrar que sabe moverse con soltura por terrenos
complejos, y pasar del thriller contemporáneo al histórico tiene su enjundia y
no es moco de pavo. Resumiendo, que Susana lo borda y se nota que confía en la
fuerza de su historia.
Definir La capitana como un thriller histórico no es una
etiqueta comercial: es una descripción bastante fiel de lo que el lector se va
a encontrar. Desde las primeras páginas se instala dentro de nosotros ese
misterio que la autora nos muestra, y que obliga a seguir leyendo casi por pura
necesidad. Y lo mejor está aún por
llegar porque este misterio no se impone, más bien se filtra poco a poco entre
sus páginas y nos va calando con cada capítulo hasta sentir que nos inunda todo
(aunque tal vez no sea este el mejor símil en estos tiempos lluviosos que
corren).
La novela se apoya en un contexto histórico duro, convulso,
marcado por tensiones sociales, políticas y religiosas que no se limitan a ser
un simple decorado. Aquí el pasado no es un fondo pintoresco: es un espacio
vivo, incómodo, donde el poder se ejerce con violencia, donde las lealtades se
compran y se traicionan, y donde la justicia es un concepto elástico, casi
siempre al servicio de unos pocos. Martín Gijón maneja este marco con
inteligencia, sin convertir la novela en un tratado histórico ni caer en explicaciones
forzadas. Todo está ahí porque tiene que estar, porque afecta directamente a
los personajes y a sus decisiones.
Uno de los grandes aciertos de La capitana es su carácter
coral. Clero, nobleza y pueblo llano conviven en una misma narración, chocan,
se vigilan y se utilizan mutuamente. Cada personaje, incluso los secundarios,
tiene un peso específico y una función clara dentro del engranaje narrativo. No
hay relleno ni figuras decorativas: cada gesto, cada palabra y cada silencio
cuentan.
La tensión se mantiene de forma constante. No es una tensión
basada únicamente en la acción o en el sobresalto, sino en la sospecha
permanente. ¿Quién dice la verdad? ¿Quién oculta algo? ¿Quién mueve realmente
los hilos? Ese deseo de saber “quién ha sido” convive con preguntas más
incómodas sobre el poder, la culpa, la venganza y la memoria. Porque La
capitana no se conforma con entretener: también invita a reflexionar sobre los
mecanismos que sostienen las injusticias, sobre cómo se construyen los relatos
oficiales y sobre quién paga siempre el precio de los conflictos.
Hay en la novela un regusto político muy marcado. La autora
no disfraza las tensiones ideológicas ni suaviza las heridas históricas. Se
percibe cierto aroma de revancha, no tanto en un sentido personal como
colectivo, casi histórico, como si la narración quisiera ajustar cuentas con un
pasado donde muchos no tuvieron voz.
Leer a Susana Martín Gijón se ha convertido, con el paso del
tiempo, en una apuesta segura. La capitana confirma esa sensación de confianza:
sabemos que vamos a encontrar una historia bien contada, personajes sólidos y
una mirada crítica que invita a que el lector comprenda que se está mostrando.
Al cerrar el libro queda esa sensación tan poco frecuente de
haber terminado un viaje intenso, de esos que dejan poso. La capitana no se
olvida fácilmente, quizá porque habla del pasado, es que no debe olvidarse y
que sirve para reflexionar desde el presente.




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