Fue terminar La carne (podéis leer la reseña aquí) y esperar con impaciencia nerviosa mi encuentro con Rosa Montero. Quería escuchar con sus propias palabras de donde habían salido todos esos sentimientos y momentos que me habían hecho disfrutar tanto de un libro como el suyo.
Apareció en el hall del hotel con
una sonrisa que transmita confianza, vestida al modo oriental y con esos tatuajes
suyos tan característicos que ya los quisiera yo para mí y el pensamiento de
que va a ser de esas conversaciones que a uno le van a quedar marcadas como un
momento único en la vida.
Durante media hora que respondió a
las preguntas de Marisa y de un servidor, Rosa no perdió la sonrisa y reconoció que desconocía el
secreto para mantenerse en el candelero en un mundo tan duro como el literario, aunque lo que realmente
sentía era agradecimiento a esas
personas que teniendo tanto donde elegir y siendo limitada
la cantidad de libros que leerán en su vida, elijan un libro suyo.
Sobre sus novelas comentó que todas eran muy personales, salen del
subconsciente, del corazón, de lo que tú eres y ni siquiera sabes que eres,
pero en estos momentos decía Rosa Montero encontrarse en un periodo de madurez
y plenitud desde “La ridícula idea de no volver a vete” hasta la actual la
actual, en la que fluyen de una manera distinta a las anteriores.
Una novela, La carne, basada en un
mundo muy cercano a ella como es el de las artes pero en la que afirma ha
querido situarse desde fuera, alejada de la historia. Encantada por la gran
aceptación que ha tenido en los primeros días en las librerías, afirma sentirse
muy entusiasmada con los comentarios de chicas y chicos jóvenes de unos treinta
años donde reconocen sentirse identificados con la historia por lo que cree que
el tema del paso del tiempo y sus efectos, que ya plasmara en otras obras
suyas, aquí lo ha conseguido hacerlo de una forma más contundente.




